La historia de este lugar comienza mucho antes de los arcos góticos que ve ahora. En el siglo X, el emperador Otón el Grande eligió Magdeburgo como su residencia favorita y fundó aquí un monasterio benedictino. Quería que esta ciudad fuera una Tercera Roma, el centro de un nuevo imperio europeo. Si camina hacia el coro, encontrará el lugar de descanso final del propio Otón. Pero quizás la historia más romántica y misteriosa es la de su primera esposa, la reina Editha, nieta de Alfredo el Grande de Inglaterra. Durante siglos, los historiadores creyeron que su tumba era solo un cenotafio, un monumento vacío. Sin embargo, en 2008, los arqueólogos abrieron un ataúd de plomo hallado en su interior y descubrieron los restos de una mujer que vivió hace más de mil años. Las pruebas científicas en sus dientes confirmaron su identidad, demostrando que pasó su infancia en el sur de Inglaterra antes de venir aquí para casarse con el emperador. Su presencia nos recuerda que, incluso en la Edad Media, Magdeburgo era un centro de conexión internacional.