Si hubieras visitado este puente en el siglo quince, tu nariz no estaría muy contenta. En aquella época, las pequeñas tiendas que te rodean no vendían diamantes, sino carne y pescado. Los carniceros y curtidores se instalaron aquí porque el río Arno era el vertedero perfecto para sus desechos malolientes. Sin embargo, todo cambió en el año 1593 por orden del Gran Duque Fernando Primero de Médici. El duque, harto del hedor y el caos que llegaba hasta sus dependencias superiores, emitió un decreto que expulsaba a los carniceros para reemplazarlos por orfebres y joyeros, profesiones consideradas más nobles y estéticamente agradables para los visitantes ilustres. Desde entonces, la tradición del oro ha permanecido inalterable, convirtiendo al puente en el centro de la alta joyería florentina que hoy puedes admirar en cada escaparate.