Si miras hacia arriba, notarás de inmediato que aquí manda una forma geométrica: el octágono. El castillo tiene una planta de ocho lados, con ocho torres también octogonales en cada una de sus esquinas, que a su vez encierran ocho salas en cada uno de sus dos niveles. En el simbolismo medieval, el ocho representaba la transición entre el cuadrado, que simboliza la Tierra, y el círculo, que representa el Cielo; es decir, la unión de lo humano con lo divino. Esta precisión matemática sugiere que Federico Segundo pretendía crear un templo del conocimiento, inspirado por los estudios de su amigo, el famoso matemático Fibonacci. Al caminar por las estancias, verás que cada detalle sigue una armonía perfecta que ha desconcertado a arquitectos durante siglos. Por cierto, ten en cuenta que para llegar hasta aquí de forma cómoda, lo ideal es utilizar el servicio de autobús lanzadera que sale del aparcamiento principal por un coste de dos euros, ya que el acceso a vehículos privados está restringido cerca de la entrada.