Es difícil imaginarlo hoy, pero hasta principios del siglo veinte, estas tierras eran propiedad privada de un ciudadano uruguayo. Todo cambió en abril de 1916, cuando Alberto Santos Dumont, el famoso pionero de la aviación brasileña, visitó la zona. Dumont quedó tan maravillado y, a la vez, tan indignado de que semejante maravilla no fuera pública, que emprendió una travesía épica. Cabalgó más de 300 kilómetros a través de la selva virgen durante seis días para llegar a Curitiba y convencer al gobernador de que convirtiera este lugar en un espacio protegido. Gracias a su determinación, apenas ochenta días después, se firmó el decreto de utilidad pública que daría origen al Parque Nacional del Iguazú. Mientras caminas, busca su estatua de bronce, inaugurada en 1979; es un recordatorio de que este paraíso nos pertenece a todos gracias a la visión de un hombre que amaba tanto el cielo como la tierra.