A menudo escuchamos que este es un teatro griego, pero la realidad es un poco más compleja y fascinante. Los cimientos originales se remontan al siglo tercero a. C., durante la época helenística. Los griegos, maestros en armonizar con el paisaje, tallaron la gradería o cávea directamente en la roca de la montaña, aprovechando la pendiente natural para crear una acústica que aún hoy nos asombra. Sin embargo, casi todo lo que ves hoy en día, como esos majestuosos muros de ladrillo rojo, es obra de los romanos, quienes lo reconstruyeron casi por completo en el siglo segundo d. C. El edificio tiene 109 metros de diámetro y podía albergar a unos 5000 espectadores. Pero aquí viene el giro dramático: mientras los griegos usaban este espacio para delicadas tragedias y comedias, los romanos lo transformaron en una arena para luchas de gladiadores y cacerías de animales salvajes. Si te fijas en la zona de la orquesta, verás que fue rebajada para proteger al público de las fieras durante esos espectáculos brutales.