Aunque el diseño exterior es obra del escultor Frédéric Auguste Bartholdi, la estatua esconde una maravilla de la ingeniería en su interior diseñada por el mismísimo Alexandre Gustave Eiffel, el mismo creador de la famosa torre de París. Eiffel ideó un armazón de hierro flexible que permite que la estatua se balancee ligeramente con los fuertes vientos del puerto sin romperse. Lo más sorprendente es su piel: está hecha de láminas de cobre tan delgadas como dos monedas juntas, con apenas 2,4 milímetros de grosor. Fue construida en Francia, dividida en 350 piezas y enviada en 214 cajas a través del océano Atlántico en 1885. Como dato práctico, si tienes una entrada para la corona, prepárate para subir 354 escalones estrechos y empinados, ya que no hay ascensor hasta la cima. El esfuerzo físico vale la pena por las vistas únicas de Manhattan.