Fíjate bien en la fachada principal. Con sus pináculos y gárgolas, parece una reliquia medieval del siglo catorce, pero la realidad es mucho más moderna. Durante cuatrocientos años, este templo tuvo una entrada austera y plana porque el dinero se agotó. Fue recién a finales del siglo diecinueve cuando, gracias al impulso de la Exposición Universal de 1888 y la generosidad de industriales como Manuel Girona, se construyó el rostro neogótico que ves hoy, siguiendo dibujos originales del año 1408. Un dato muy importante antes de entrar: para respetar el carácter sagrado del lugar, recuerda que los hombros y las rodillas deben ir cubiertos; las prendas demasiado cortas o de tirantes no están permitidas. Una vez dentro, la luz que atraviesa las vidrieras te mostrará la verdadera magnitud de las tres naves que se elevan hasta los 26 metros de altura.