Todo comenzó en el año 122 d. C., cuando el emperador Adriano llegó a Britania. A diferencia de sus predecesores, que buscaban expandirse sin descanso, Adriano era un hombre que prefería consolidar lo que ya tenía. Su orden fue clara: construir una muralla para separar a los romanos de las tribus bárbaras del norte, conocidas como los pictos, cuyo nombre significa en latín los que se pintan, por los tatuajes y marcas que llevaban en su piel. El muro original medía unos 6 metros de altura y unos 3 metros de ancho en sus tramos más robustos. Para construirlo, se movilizaron tres legiones completas: la Segunda Augusta, la Sexta Victrix y la Vigésima Valeria Victrix, trabajando durante más de diez años para completar esta hazaña. No era simplemente una pared; era un complejo sistema defensivo que incluía un foso profundo al norte y una calzada militar al sur, diseñada para que los mensajeros pudieran llevar noticias de un extremo a otro en tiempo récord para la época.